El polvorín de Oriente Próximo

EL mundo ha perdido ya la cuenta de las veces en las que Oriente Próximo pasa de una aparente calma a la violencia absoluta. El ataque del ejército israelí contra Hamás en la Franja de Gaza va a desencadenar una nueva «Intifada» -la tercera- lo que a su vez aplazará nuevamente cualquier intento de una solución negociada y pacífica. Israel ha utilizado su evidente superioridad militar para destrozar las bases del grupo terrorista Hamás, pero lo ha hecho de manera que otra vez obliga a preguntarse si ha sido la opción más adecuada pensando en el objetivo universal de la paz. Y la respuesta vuelve a ser forzosamente matizada, porque es evidente que en este caso el estallido del conflicto parte de la voluntad inequívoca de los terroristas de Hamás para atacar a Israel y porque la comunidad internacional, con las Naciones Unidas a la cabeza, ha vuelto a ser incapaz de imponer una solución. Expresamente hay que reprochar al mundo árabe que no haya sabido extirpar el cáncer que representa Hamás, una organización justamente reconocida como terrorista, que amenaza no solamente a Israel, sino a todos los países musulmanes del entorno y que constituye hoy día el principal obstáculo para que avance el proceso de creación de un estado palestino estable y seguro. El próximo presidente norteamericano Barak Obama empezará su mandato con un nuevo problema urgente que atender. Ahora, cuando los carros de combate israelíes amenazan con la invasión de la franja, que sería sin duda una operación costosísima en vidas, se multiplican los llamamientos a la contención y a la moderación, pero lamentablemente puede que una vez más las buenas intenciones lleguen tarde.
El medio año de tregua lo ha utilizado Hamás para reforzar sus arsenales de cohetes cada vez más potentes y certeros, durante los meses en los que denunciaba con lágrimas de cocodrilo las trabas de Israel al tránsito de mercancías en los pasos fronterizos de la Franja de Gaza, en realidad estaba introduciendo a través de túneles clandestinos cientos de misiles de procedencia iraní para atiborrar sus arsenales. Hamás no se preparaba para la paz, sino para la ofensiva que inició sin esperar un minuto el plazo acordado con la mediación egipcia para mantener un cese de hostilidades. Israel tampoco ha dado ninguna opción. El Gobierno insiste en que no tiene nada contra la población y que solo ataca objetivos abiertamente vinculados a Hamás, pero los datos son cada vez más preocupantes sobre las víctimas civiles, que harán que aumente la sensación de injusticia del universo árabe-musulmán.
Si la condena de Hamás hubiera sido más contundente, si desde todas las instancias políticas se hubiera mantenido el aislamiento quirúrgico y la presión que merece el grupo terrorista, tal vez los estrategas israelíes habrían podido confiar en otros métodos para garantizar su seguridad. Pero por desgracia no ha sido esta la actitud que han recibido los extremistas. Desde Occidente se lanzaban señales equívocas sobre las negociaciones con Hamás, que a su vez utiliza las penalidades a las que se ve sometida la población para chantajear a los buenos sentimientos de la opinión pública mundial. Pero lo que en realidad quiere Hamás es implantar en Gaza el modelo de Hizbolá en el sur de Líbano, donde una guerrilla teledirigida desde Teherán constituye un elemento permanente de inestabilidad, a pesar de que la ONU mantiene allí su más antigua operación de paz.
Cuando Israel intentó acabar con esa amenaza en 2006, la operación fue un fracaso monumental, lo cual explica que en el caso de Gaza las autoridades judías no estén dispuestas a permitir que Hamás llegue tan lejos. Argumentar que los cohetes «Katyusha» y «Grad» que los terroristas lanzan contra Israel son proyectiles no dirigidos solo tiene sentido si se está dispuesto a esperar a que Irán les suministre esta tecnología antes de defenderse.